Preámbulo. 2ª Parte

libro abierto

Lee aquí, en exclusiva, la segunda parte del preámbulo del libro «Testigo Involuntario», el libro de Miguel Ángel Lezcano, donde los secretos se hacen historia.

La imagen del Rey emérito en la televisión se desvaneció, pero el eco de su figura permanecía. Recordé que, a pesar de todo, había algo que aún lo ataba a la institución. Era un símbolo de la historia de España, un legado de tiempos difíciles y turbulentos que, una vez superados, nos habían conducido hasta la democracia que disfrutábamos hoy. Pero también era un recordatorio de que el “poder real” también era susceptible corromperse, de que las instituciones podían perder la confianza del pueblo si se olvidaban de la ética y la responsabilidad.
Recordé, de golpe, el día en que, como guardia civil, tuve el honor de presentarle al Rey, en un acto protocolario en 1992, el dispositivo de seguridad de la Secretaría de Estado con motivo de su inauguración. Aquella ocasión estuvo impregnada de solemnidad y yo me había preparado meticulosamente para aquel ceremonial. La cosa consistía en un dispositivo que simulaba el intento de unos terroristas de entrar en el edificio, además de estacionar un coche bomba para provocar un atentado. Todo el operativo nos habíamos preparado milimétricamente, desde la revisión de las cámaras de seguridad, los terminales de identificación, la selección del personal a intervenir, etc. Sin embargo, cuando empezó la presentación y, por sorpresa, el Rey de una manera muy cercana, y como si le importase poco todo lo relativo al dispositivo y al protocolo, se dirigió a mí. Yo estaba bastante nervioso. De repente, comenzó a hacerme preguntas francamente surrealistas, por ejemplo, para qué servían las pegatinas que enumeraban las cámaras de seguridad. Y para remate me pidió que averiguara el número de vehículos que estaban a su disposición. ¡Con todo el trabajo que habíamos llevado a cabo! Sin embargo, a él, parecían importarle los detalles más insignificantes. Tras el acto, la multitud de políticos, entre ellos el Ministro del Interior, el Secretario de Estado de Seguridad y altos funcionarios del Departamento se marcharon sin agradecimiento ni felicitación alguna. Desaparecieron sin que le dieran el más mínimo valor a nuestra dedicación y buen hacer.
Solo el Rey, con su habitual amabilidad, extendió su mano en una expresión de gratitud. Al menos por un instante, me sentí reconocido, como parte de algo grande, como miembro de un equipo de servidores públicos.
Nuevas imágenes inundaban mi mente en aquellos momentos. Entre ellas, una fotografía que nos hicieron ese día, donde todos los que aparecemos en ella, incluido el Rey, acabaron en la cárcel, o procesados de una u otra manera. Todos, menos yo. ¿Cómo y de qué manera había pasado el tiempo? Y, sobre todo ¿en qué momento pasó mi vida sin darme cuenta?
Años después, en la ceremonia del Premio Cervantes, volví a cruzarme con el Rey. El ambiente era muy diferente. El respeto y la veneración que un día sentí hacia él se vieron empañados por los rumores que circulaban sobre la vida privada del Monarca en los medios de comunicación. Las escapadas, las amantes, los secretos de alcoba que, en su momento, fueron tabúes, hoy eran del dominio público sin filtro alguno.
Por un lado, me asqueaba todo aquello, pero, por otro, no era capaz de sacudirme los sentimientos de respeto hacia su persona y hacia la Corona, recordando aquel diminuto gesto de cercanía y humildad que tantos años antes me había llegado al corazón, acostumbrado como estaba a que el trabajo de los profesionales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pasara siempre desapercibido, y sin el más mínimo atisbo de afecto y consideración hacia aquellos que se juegan la vida cada día al servicio de España.
A la vez que observaba a los cofrades a mi alrededor, atrapados en el vaivén de sus propias conversaciones, sentí una profunda desconexión entre el mundo que yo había vivido y el actual. Muchos de ellos bromeaban sobre la situación, evaluando los escándalos del Monarca como algo anecdótico. La frivolidad con la que trataban temas tan relevantes me inquietaba. No imaginaban lo que la figura del Rey supuso en otra época.
Mientras los jóvenes cofrades seguían absortos en sus teléfonos, yo reflexionaba sobre ese contraste. Allí estaban, sumergidos en las redes sociales, y en los contenidos de gentes que se denominan influencers como si sus verdades fueran absolutas. Todo vale en las redes. Dicen que Joseph Goebbels, el siniestro arquitecto de la propaganda de Hitler, defendía que una mentira, repetida las veces suficientes, se convierte en una verdad aceptada. Este principio, tan aterrador como efectivo, denominado “efecto de la verdad ilusoria”, se convirtió en el corazón de la maquinaria propagandística nazi. Así funcionan también las redes sociales y resulta muy inquietante nuestra vulnerabilidad a la manipulación.
La repetición de la mentira no solo era un acto de control, sino también de creación de una realidad alternativa. Hoy en día, esta estrategia se ve amplificada por las tecnologías modernas. Las redes sociales funcionan como cajas de resonancia que permiten que una mentira se repita millones de veces en cuestión de horas. ¿Entonces somos más vulnerables que nunca? Pausa. Respiro. Y me sigo preguntando: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos permitido que los algoritmos se conviertan en el nuevo Goebbels? Estos sistemas, diseñados para maximizar el tiempo que pasamos en sus plataformas, no discriminan entre lo verdadero y lo falso. Solo buscan lo que genera interacción, lo que despierta emociones, lo que es repetido hasta el cansancio. Y así, las mentiras encuentran un caldo de cultivo perfecto para propagarse.
Lo más doloroso es imaginar a los jóvenes que se desarrollan en un mundo donde no distinguen lo que es real de lo que no lo es, porque las voces más fuertes, las que más se repiten, son las que ganan. Pero lo que más me inquieta es la impotencia. ¿Cómo luchar contra un enemigo tan correoso y a la vez tan arraigado? La mentira repetida no es una figura tangible a la que nos podamos enfrentar cara a cara; es una sombra que se mueve entre líneas de código, entre los “me gusta” y los retweets. Y, sin embargo, soy consciente que no podemos darnos por vencidos.
La esperanza está en la educación, en el pensamiento crítico, en la valentía de cuestionar incluso aquello que nos resulta cómodo creer. Pienso en las veces que yo mismo he caído en la trampa de dar por hecho algo porque lo vi muchas veces, o porque lo compartieron personas en las que confío. Es devastador el momento en el que te das cuenta de que incluso tú, consciente de estas dinámicas, eres también vulnerable. Sin embargo, también es una llamada de atención.
Mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que este análisis no es solo académico ni histórico. Es profundamente personal. Quizás no podamos cambiar el pasado, ni siquiera detener la repetición de las mentiras en el presente. Pero, al menos, podemos repetirnos a nosotros mismos que la verdad, aunque más frágil y menos espectacular que la mentira, sigue siendo algo por lo que vale la pena luchar.

CONTINUARÁ en las mejores librerías. «Testigo Involuntario» Allí, donde los secretos se hacen historia.

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